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Revista Digital del Centro
Nacional de Investigaciones Agropecuarias de
Venezuela |
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EL VIENTO Y SU INCIDENCIA EN LA PRODUCCIÓN AGRÍCOLA: LAS CORTINAS ROMPEVIENTOS Mercedes Pérez de A.; Luis Avilán; Gennady Bracho Agrometeorología | ||||||||||||||||||||||||||||||||
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Los vientos son movimientos de aire que varían continuamente de dirección, velocidad, fuerza y regularidad; su acción sobre el ambiente y la vegetación tiene varias e importantes connotaciones para la producción agrícola.
Por la otra, el viento en interacción con otros elementos del ambiente, como la temperatura, acentúa la pérdida de humedad del suelo, favoreciendo la erosión del mismo (erosión eólica) y la deshidratación de los tejidos vegetales. Así mismo, incide en la malformación de la estructura de las plantas y acame de las mismas y en la caída de hojas, flores y frutos, que en conjunto inciden de manera severa sobre el crecimiento y el proceso productivo de la planta. El desplazamiento del viento juega un rol importante en la explotación agrícola, ya que en extensas áreas de relieve plano y de vegetación herbácea (pastos), como sabanas o llanos, los vientos son sólo interrumpidos por las selvas de galería a la orilla de los ríos. Los llanos orientales, centrales y occidentales del país están enmarcados dentro de las zonas de vida del bosque seco tropical y se caracterizan por presentar una fuerte sequía de cuatro a seis meses al año, seguida de una estación con exceso de agua (Ewel y Madriz, 1968). Para alcanzar y asegurar niveles óptimos de producción agrícola, se hace indispensable la aplicación de riegos complementarios, así como el empleo de técnicas para contrarrestar el efecto de los vientos. Los registros meteorológicos en estaciones localizadas en los llanos orientales señalan que en El Tigre (Estado Anzoátegui), la velocidad máxima mensual de los vientos oscila entre 39 y 72 km/h, mientras que en Maturín (Estado Monagas) se registran vientos de 72 y 115 km/h (FAV, 1993); desplazamientos de aire catalogados como ventarrón fresco y viento fuerte respectivamente (Cuadro 1), capaces de causar el quiebre de ramas y desarraigar árboles (Hardy, 1970). El agua es esencial para la planta, además de ser su componente principal (60 a 90%, según la especie) contribuye al mantenimiento y preservación de las funciones vitales de las mismas. En las plantas la mayoría de los compuestos orgánicos del contenido celular o protoplasma deben estar hidratados; cuando el agua es removida del tejido vegetal ocurre una alteración en las propiedades físicas y químicas de los carbohidratos, proteínas, ácidos nucleicos y otros compuestos del protoplasma. El agua es el solvente en el que se procesan la mayoría de las reacciones químicas del protoplasma.
El relieve y la vegetación imponen barreras al movimiento y circulación del aire, que generan estados de turbulencia o fluctuación variable en la velocidad y dirección del viento. Éste remueve el aire húmedo de la superficie del suelo (evaporación) y de las hojas (transpiración), reemplazándolo con aire más seco, que a su vez absorbe el vapor de agua próximo a la superficie del suelo y alrededor del follaje. Esto produce el aumento o disminución en la pérdida de humedad y el secamiento. La pérdida de vapor de agua hacia la atmósfera o transpiración que experimenta la planta ocurre principalmente en las hojas, a través de pequeños orificios llamados estomas. Éstos permanecen abiertos con la transpiración, permitiendo la entrada del dióxido de carbono, que luego es incorporado al proceso de la fotosíntesis, lo que produce un gradiente de energía y provoca el movimiento del agua dentro de la planta e incide para que en las horas de mayor radiación solar mantenga una temperatura moderada. Se estima que un incremento en la velocidad del viento de 1,6 km/h, aumenta la velocidad de transpiración en un 30%, y con vientos de 27,7 km/h la transpiración se eleva un 50%. El déficit de humedad en los tejidos de la planta por exposición al viento causa reducción de la turgencia de las células; es decir, la pérdida de la presión que tiene el contenido celular contra la pared de la célula, cuando está embebido en agua. Después que cesa el movimiento del aire la turgencia de las células y el contenido de humedad de los tejidos se restablecen inmediatamente a su estado normal, pero si éste se encuentra en constante movimiento por largos periodos de tiempo, se producen cambios permanentes en los tejidos y la planta adopta una forma de crecimiento diferente. El déficit hídrico provoca la formación de una capa de abscisión y la caída de las hojas, y afecta el crecimiento y desarrollo de los frutos durante las horas en que la transpiración es más rápida. La turgencia también es importante con relación a la apertura y cierre de los estomas y, en consecuencia, de la actividad fotosintética, la respiración, la expansión de las hojas y flores y de los distintos movimientos de la planta. La reducción de la fotosíntesis, una disminución en el traslado de carbohidratos y reguladores de crecimiento, y el trastorno del metabolismo nitrogenado, contribuyen en los efectos de menor turgencia y menor crecimiento. La amplitud y clase de daños que sufren las plantas causados por los movimientos del aire están relacionados con el tamaño y naturaleza de su estructura (Kramer, 1974). En el caso de los frutales arbóreos como los cítricos, todos sufren daños, pero los mandarinos son más susceptibles, y las limas más tolerantes, mientras que los naranjos ocupan una situación intermedia.
El hábito de crecimiento de arbustos y árboles es influenciado por el viento; un aspecto característico del enanismo y el crecimiento retardado se hace evidente cuando aparecen nuevos rasgos morfológicos y anatómicos, por ejemplo, las hojas son más pequeñas en área, los espacios intercelulares se reducen en tamaño, los tejidos del xilema y floema se desarrollan más fuertes y la cantidad de tejido fibroso aumenta considerablemente (Kramer, 1974). Si bien estos cambios de tipo xeromórfico tienden a reducir la intensidad de transpiración por unidad de área en la superficie de la planta, al decrecer el follaje disminuye la actividad fotosintética y la respiración; en consecuencia, la capacidad de producción de la misma se ve reducida. Para producir un kilogramo (1 kg) de frutos cítricos es necesaria un área mínima de 2,3 m² de hojas, en plantas de nueve años de edad.
Los huertos frutales pueden ser abrigados y protegidos contra la acción destructiva de los vientos mediante el logro de la desviación de su dirección y la disminución de la velocidad, a través del uso de las llamadas barreras o cortinas rompevientos. Éstas consisten en setos vivos de especies vegetales arbóreas y arbustivas que a manera de pantalla se establecen en sentido perpendicular a los vientos dominantes o de mayor daño e incidencia, de forma tal que al chocar contra ellas disminuya la velocidad del viento y se desvíe su trayectoria hacia arriba y continúe el movimiento a estratos elevados, donde no perjudique la vegetación. Como valores indicativos para zonas con fuertes corrientes de aire se puede considerar que las cortinas rompevientos tienen una acción efectiva en una proporción de 1/10, es decir, 10 metros de extensión en el terreno por cada metro de altura de la barrera. Al momento de la planificación de una finca se deben orientar los caminos en dirección diferente a la de los vientos, a objeto de evitar que el aire en movimiento no quede encausado entre las filas de árboles elevados y vaya a desembocar en los campos de una plantación y cause daños serios. Entre los beneficios por el uso de las cortinas se encuentran:
En estas condiciones, la capacidad de la planta para transpirar y respirar de manera eficiente se ve incrementada, y en consecuencia la producción de biomasa es mayor, en tanto que los procesos fisiológicos y reproductivos se desarrollarán sin factores adversos como el excesivo viento. Ewel, J.; Madriz, A. 1968. Zonas de vida de Venezuela. Memorias explicativas sobre el mapa ecológico. Caracas. Venezuela. 216 p. F.A.V. 1993. Estadísticas Climatológicas de Venezuela: Período 1960-1990. Publicación Especial N° 5. Caracas, Venezuela. 253p. Hardy, F. 1970. Edafología tropical. Herrero Hermanos Sucesores, S.A. D.F., México. 416p. Kramer, P. 1974. Relaciones hídricas de suelos y plantas. Una síntesis moderna. Edutex S.A. D.F., México. 536p. Torres, E. 1995. Agro-Meteorología. Editorial Trillas. México. 154p. Nota de los editores | ||||||||||||||||||||||||||||||||
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Referencia de este artículo: Pérez de A., M.; L. Avilán; G. Bracho. 2005. El viento y su incidencia en la producción agrícola: las cortinas rompevientos. Revista Digital CENIAP HOY Número 7 2005. Maracay, Aragua, Venezuela. URL: www.ceniap.gov.ve/ceniaphoy/articulos/n7/arti/perez_m/arti/perez_m.htm Visitado en fecha:DERECHOS
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