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Agronomía
Trop. 54(2): 161-178. 2004 EL
CULTIVO Y EL AGUA DE RIEGO Magaly Ruiz* y Jorge Paolini** *
Profesora. Universidad Rómulo Gallegos. Centro de Investigaciones |
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RESUMEN En este
estudio se determinó el carbono de la biomasa microbiana en ocho suelos
cultivados con caña de azúcar y banano, regados con aguas de distinto
origen (residuales, de pozo, de lago), y en dos suelos bajo vegetación
natural (suelos testigo), localizados todos en la Cuenca del Lago de
Valencia. El carbono de la biomasa microbiana (C-BM) se determinó por el
método de la respiración inducida por sustrato. Los valores obtenidos
variaron entre 206 y 1 553 µg C-BM g-1 suelo, siendo más altos en los
suelos testigos y en los suelos lacustrinos sembrados con caña de azúcar
bajo riego con aguas residuales industriales y domésticas. Los valores
del C-BM resultaron superiores en los suelos bajo banano (P<0,05). El
cociente C-BM/C total varió entre 1,4 Y 4,1 %, estando dentro del
intervalo indicado para suelos agrícolas. Se encontró una correlación
positiva (r = 0,787) y significativa (P<0,0001) entre el C-BM y el
contenido de carbono orgánico total. Los resultados reflejan la
influencia del cultivo y las prácticas de manejo agrícola sobre la
biomasa microbiana del suelo. Palabras
Clave: Respiración inducida por sustrato; suelos lacustrinos; suelos
aluviales; aguas de riego; caña de azúcar; banano. INTRODUCCIÓN Los
microorganismos son los principales mediadores de la tasa de recambio del
carbono en el suelo. Por definición ellos también son parte del carbono
orgánico y del reservorio de nutrimentos, y como tales, ellos son
denominados biomasa microbiana (INSAM, 1990). La biomasa
microbiana se define como la parte de la materia orgánica en el suelo
constituida por los microorganismos vivos, con tamaños entre 5 y 10 µm3
menores (Alefy Nannipieri, 1995). La biomasa generalmente se expresa como
mg de carbono por kilogramo de suelo, o también como µg de C por gramo
de suelo seco. El
interés en estimar la biomasa microbiana se relaciona con su doble función
como catalizador y como fuente (a través de la mineralización)/
reservorio (a través de la inmovilización) en la transformación de
nutrimentos; su papel en la formación y estabilización de la estructura
del suelo y como un indicador ecológico (Alefy Nannipieri, 1995). La
biomasa microbiana del suelo es uno de los componentes vivos esenciales de
todos los ecosistemas terrestres. Esta regula muchos procesos críticos
del ecosistema, incluyendo la descomposición de materiales orgánicos, su
transformación y el reciclaje de nutrimentos, y la integración biofísica
de la materia orgánica con las fases sólida, acuosa y gaseosa del suelo. A través
de su interacción con otros organismos, por ejemplo con la fauna y las raíces
de las plantas, la biomasa microbiana del suelo también llega a ser vital
en la regulación de la cantidad y calidad de componentes en el ciclo
hidrológico y en las emisiones de los gases de invernadero. Debido
a esos atributos, la biomasa microbiana debe ser considerada como un
indicador importante en la determinación de la calidad del suelo (Franzluebbers,
1999). Algunos
factores ecológicos determinan la biomasa microbiana del suelo y
frecuentemente son responsables en gran parte de la variación espacial y
temporal de la misma. La composición de las especies de plantas,
principalmente a través de la producción primaria neta y de la calidad
del mantillo, puede afectar las mediciones de la biomasa microbiana junto
con la cadena trófica en el suelo, donde las interacciones entre los
distintos organismos pueden influir en la actividad microbiana (Carter et
al., 1999). En general, las plantas sirven como una fuente de carbono para la comunidad microbiana y a su vez, los microorganismos proveen nutrimentos para el crecimiento de las plantas a través de la mineralización de los residuos de plantas y animales y de la materia orgánica del suelo (Srivastava y Singh, 1991). La
biomasa microbiana es el indicador más importante de la composición
microbiana en el suelo, especialmente en combinación con un parámetro de
actividad tal como la producción de CO2 (Anderson y Domsch,
1993). El
carbono de la biomasa microbiana (C-BM) responde mucho más rápidamente
que el carbono orgánico total a los cambios en la calidad del suelo. Las
variaciones en el carbono orgánico total son más lentas de detectar
debido a que éste incluye un alto porcentaje de fracciones estables, las
cuales pueden enmascarar variaciones que tienen lugar en las fracciones
menos recalcitrantes. Por
otra parte, el C-BM responde eficazmente y con mucha sensibilidad a las prácticas
de manejo agrícola (Brookes, 1995), en especial a la incorporación de
materiales orgánicos, aún a bajas dosis (Pascual et al., 1997; Powlson
et al.,
1987). De allí que la determinación del carbono microbiano represente
una herramienta útil para la comprensión y predicción de los efectos,
que a largo plazo, puedan producir los cambios en las condiciones del
suelo (Srivastava y Singh, 1991). El
cociente C-BM * 100/ COT (donde COT = carbono orgánico total) representa
el carbono asociado a la fracción viva de la materia orgánica, expresado
como porcentaje del carbono orgánico total del suelo. Se ha establecido
que el C-BM de los suelos agrícolas, en los que el contenido de C se
encuentra en equilibrio, varía entre 2,3 y 4,0% del carbono orgánico
total, y aquellos suelos que se desvían de dicho intervalo se encontrarían,
perdiendo carbono o bien acumulándolo (Insam, 1990). En este
estudio se determinó el C-BM en distintos suelos cultivados con caña de
azúcar y banano, regados con aguas de distinto origen, y de dos suelos
bajo vegetación natural, localizados en la Cuenca del Lago de Valencia,
con la finalidad de evaluar la influencia del cultivo y la composición
del agua de riego sobre el C-BM. MATERIALES
Y MÉTODOS Para
realizar el presente estudio se escogieron diez suelos dentro de la Cuenca
del Lago de Valencia, cinco de ellos de origen lacustrino y cinco de
origen aluvial (Cuadro 1). Los suelos lacustrino están ubicados en las
siguientes zonas: a) sureste del municipio Guacara (estado Carabobo) en
una unidad de producción agrícola localizada en el sector Las Palmeras,
empresas campesinas El Cedro y Francisco de Miranda, en las que se
cultivan 70 h de caña de azúcar. En esta
unidad se escogieron 3 tablones que se distinguieron con las siglas GL,
GP, GS; b) Finca Torumo (suelo PAV), también en el municipio Guacara del
estado Carabobo. Esta finca se encuentra limitada por la población de
Guacara, al norte y el Lago de Valencia al sur; c) Caño Rico (suelo CR)
en la empresa agrícola Inversiones Rico Caño. Los
suelos de origen aluvial se encuentran en las zonas que se mencionan a
continuación: a) entre Santa Cruz y Cagua, en el municipio Lamas, estado
Aragua, localizados en las haciendas Los Aguirre (AG), La Josefa (JO) y La
Soledad (SD y SC); b) Palo Negro (PN), en la finca Morales, ubicada en el
sector Paraparal, municipio Mariño, estado Aragua. Entre
los suelos seleccionados se incluyeron dos suelos testigo: uno lacustrino
(PAV) y otro aluvial (SC), los cuales se encuentran bajo vegetación
natural, nunca han sido cultivados ni regados. Los ocho suelos restantes
se encuentran bajo cultivo de caña de azúcar o de banano y son regados
con agua de distinto origen o composición. En el Cuadro 1 se resume la
información sobre los suelos seleccionados, el tipo de cultivo que
soportan y el agua de riego utilizada. El
suelo lacustrino CR está sembrado con banano y se riega con aguas
tratadas que proceden del embalse de Taigüaigüay. Los suelos GS, GP y GL,
también de origen lacustrino, están sembrados con caña de azúcar. El
suelo GS se regó por 13 años con aguas residuales sin tratamiento, que
son una mezcla de un efluente industrial proveniente de una planta de
pulpa y papel ubicada en la zona y de las aguas residuales urbanas de un
sector de la ciudad de Guacara. El suelo GP se riega con aguas subterráneas
(pozo profundo), y el suelo GL se riega con agua del lago de Valencia. Para conocer una descripción detallada de los suelos GS y GP, así como los resultados del análisis completo de las aguas utilizadas para el riego puede consultarse a Méndez (1998). La información relacionada con la composición del agua del lago de Valencia y del embalse de Taigüaigüay ha sido reseñada por Villafañe (1997). Los suelos de la finca Torumo son descritos por Viloria et al. (1996).
Los
suelos aluviales AG y JO (sembrados con caña de azúcar) se riegan con
aguas tratadas del embalse de Zuata, pero el suelo AG ocasionalmente es
regado también con aguas no tratadas del río Aragua. Los suelos
aluviales PN y SD están cultivados con banano. El suelo PN se riega con
aguas no tratadas del río Turmero, y el suelo SD con aguas del embalse
Zuata. Información
sobre la composición de las aguas del embalse Zuata y el río Aragua ha
sido reseñada por Villafañe (1997). Los resultados de los análisis del
suelo PN y de los análisis de las aguas utilizadas en el riego de ese
suelo, son indicados por Hernández (1999). Los
suelos lacustrinos clasifican todos como Mollic Ustifluvents, francosa,
carbonática, mixta, isohipertérmica, y los aluviales como Fluventic
Ustropepts, francosa gruesa mixta isohipertérmica, a excepción del suelo
PN que clasifica como Fluventic Haplustolls. Para el
momento en que se tomaron las muestras, los suelos lacustrinos GS, GP, GL
habían estado sembrados con caña de azúcar por un período de trece años;
el suelo CR tenía veinte años cultivado con banano; los suelos aluviales
AG y JO contaban siete y cuarenta y tres años bajo caña de azúcar,
respectivamente; y los suelos SD y PN tenían seis años cultivados con
banano (anteriormente se cultivó maíz en estos suelos entre diez y trece
años). Las
muestras de suelo se tomaron a una profundidad de 0-5 cm. Para cada suelo
se recogieron submuestras de igual volumen en 20 puntos diferentes del área
a considerar, en forma aleatoria, y las mismas se mezclaron para obtener
una muestra compuesta. Esta última se dividió en dos porciones. Una de
las porciones se secó al aire, luego se trituró y se tamizó en una
malla de 2 mm, y se utilizó para los análisis físicos y químicos del
suelo. La otra porción no se secó, se conservó con la humedad del
campo, se tamizó a un tamaño menor de 2 mm y se guardó en bolsas plásticas
bajo refrigeración a 4 °C, para ser posteriormente utilizadas en un
lapso no mayor de 2 semanas en la determinación del C-BM. El C-MB
se determinó por el método de la respiración inducida por sustrato
(Anderson y Domsch, 1978), el cual se fundamenta en el hecho de que se
pueda estimular la respiración de los microorganismos del suelo si se
adiciona a este medio un sustrato fácilmente degradable, como la glucosa.
Por medio de esta respuesta fisiológica se logra proveer una estimación
del carbono de la biomasa microbiana. El CO2 producido durante
la incubación del suelo con el sustrato, en un sistema cerrado, se
captura en un vial con solución de NaOH, la cual es titulada
posteriormente con HCl. El
carbono orgánico total se determinó mediante el método de digestión húmeda
de Walkley y Black (1934), basado en la hidrólisis y oxidación del
carbono orgánico por una mezcla oxidante de dicromato de potasio y ácido
sulfúrico concentrado, acelerada por el calor de dilución del ácido
sulfúrico en agua. La
cantidad de carbono orgánico oxidado por el Cr(VI) se mide por colorimetría,
bien sea por la medida de la concentración de Cr(VI) remanente o por la
concentración del Cr(III) formado durante la reacción (Sims y Haby,
1971). En este experimento se midió la intensidad del color verde de los
iones Cr(III) producidos, en un espectro fotómetro Spectronic 20D Milton
Roy Company, a una longitud de onda de 600
nm, y comparando con lecturas de una curva de calibración preparada
previamente con soluciones patrones de glucosa, sometidas al mismo
tratamiento que las muestras. El pH
se midió en una suspensión suelo:agua 1: 1. La clasificación textural
se realizó mediante el método de Bouyoucos modificado (López y López,
1978). Todas
las determinaciones se hicieron por triplicado. Los resultados se
presentan con base al peso seco del suelo, por lo cual se efectuaron
determinaciones de humedad de los suelos simultáneamente con los análisis
mencionados. El contenido de humedad se determinó por la diferencia de
peso que experimentaron las muestras después de ser sometidas a
calentamiento a 105 °C por 24 horas. El análisis
estadístico de los datos se realizó con el programa STATISTIX para
Windows versión 1.0, 1996. Se realizaron análisis de varianza, prueba de
medias de Tukey, y análisis de regresión lineal. RESULTADOS
Y DISCUSIÓN Los
valores del C-BM determinados en los suelos estudiados varían entre 206 y
1 553 µg C g-1 de suelo (Figura 1). Estos valores son
similares a los encontrados por otros autores para suelos de regiones
templadas y tropicales. Por ejemplo, Hernández (1998) indica valores
entre 394 y 1 587 µg C g-1 para un Inceptisol de Turén
(estado Portuguesa), bajo cultivo de maíz; Borie et
al. (1999), en un estudio realizado en suelos chilenos, obtuvieron
valores de C-BM entre 600 y 1 300 µg C g-1 en suelos agrícolas,
de 700 µg C g-1 en pradera natural, y de 1 000 µg C g-1
en bosque natural. Para suelos de España, Díaz-Raviña et
al. (1993) citan valores entre 282 y 1 614 µg C g-1, y
Basu y Behera (1993) señalan valores entre 350 y 850 µg C g-1
en suelos tropicales de la India. En los
suelos lacustrinos, el valor más alto del C-BM se presenta en el suelo
bajo vegetación natural (PAV). Sin embargo, no se encontraron diferencias
significativas entre los valores del C-BM del suelo testigo PAV y los del
suelo GS (sembrado con caña de azúcar y regado con aguas residuales
industriales y domésticas). Por otra parte, el C-BM de los suelos PAV y GS
difiere significativamente (P<0,05) de los valores encontrados para el
resto de los suelos lacustrinos (CR, GL y GP). Entre estos últimos no se
encontraron diferencias significativas, independientemente del tipo de
cultivo.
El
incremento en el C-BM del suelo regado con aguas residuales industriales y
domésticas (GS), con respecto a los otros suelos lacustrinos cultivados
(CR, GL y GP), podría atribuirse a la incorporación de materiales orgánicos
fácilmente biodegradables junto con la aguas, los cuales estimulan la
actividad microbiana autóctona del suelo, o a la incorporación de
microorganismos exógenos (Perucci, 1992). Como se
especificó anteriormente, para el momento en que se realizó este
estudio, el suelo Guacara GS había sido regado por más de 13 años con
una mezcla de aguas residuales de una planta de pulpa y papel y de aguas
urbanas de un sector de la ciudad de Guacara. En
suelos agrícolas de Alemania, regados por 100 años con aguas residuales
(efluentes primarios), también se observó un incremento en el C-BM
(medido por ATP) con respecto a los valores encontrados en los suelos de
la misma zona regados con aguas tratadas, durante el mismo período. Este
incremento en el C-BM se observó aún en suelos en los que el riego con
las aguas residuales se había interrumpido desde hacía 20 años (Filip et
al., 1999). En los
suelos aluviales los valores más altos del C-BM correspondieron al suelo
bajo vegetación natural (SC) y se observaron diferencias significativas
entre éste y los suelos cultivados (P<0,05). Estos resultados
coinciden con los indicados por Suttner y Alef (1988) para suelos de
Alemania. Saviozzi
et al. (1999) también encontraron menores valores del C-BM
en suelos de Italia cultivados con maíz y trigo en comparación con
suelos de la misma área que permanecían bajo vegetación natural. Resultados
similares fueron señalados por Gupta y Germida (1988) para suelos
canadienses bajo pasto, en los que el contenido de C-BM se midió en macro
y micro agregados, y se encontraron valores menores de C-BM en relación
con los de los suelos no alterados de la zona estudiada. Por otra parte, en suelos tropicales de la India, se observó una disminución entre 52 y 58% en el C-BM, cuando los suelos de bosque se transformaron en pradera o en suelos agrícolas respectivamente (Basuy Behera, 1993). En suelos de bosques nativos de Chile se han encontrado valores mayores del C-BM, en comparación con suelos de praderas cultivadas con avena-ballica (Avena sativa-Lolium multiflorum) (BORIE et al., 1999). Los
suelos aluviales sembrados con caña de azúcar (AG y JO) mostraron
mayores valores del C-BM que los suelos con cultivo de banano (SD y PN)
(Figura 1). A pesar
de ser regados con aguas de diferente origen, los suelos SD y PN no
mostraron diferencias significativas en el C-BM, independientemente de que
el agua residual utilizada para su riego hubiese sido sometida o no a
tratamiento (Cuadro 1). Tampoco se observaron diferencias entre los suelos
aluviales sembrados con caña de azúcar (AG y JO) relacionadas con el
origen del agua de riego. Cuando
se comparan todos los suelos sembrados con caña de azúcar, tanto
lacustrinos como aluviales, se observa que los suelos GP, GL, AG, JO no
presentan diferencias significativas (P<0,05) en cuanto a su C-BM. En
cambio, el suelo GS, que también está sembrado con caña de azúcar y es
regado con una mezcla de aguas residuales industriales y domésticas,
muestra un valor de C-BM que es aproximadamente el doble de los que
presentan los suelos antes mencionados (Figura 1). Esta
diferencia también se observa respecto a la fertilidad de esos suelos y a
los rendimientos del cultivo. En los suelos aluviales AG y JO los
rendimientos de caña de azúcar son de aproximadamente 90-100 ton ha-1,
y en los suelos lacustrinos GP y GL (regados con agua de pozo y de lago,
respectivamente) son alrededor de 140 ton ha-1, mientras que en
el suelo GS (regado con las aguas residuales industriales y domésticas)
los rendimientos son de 170 ton ha-1 (Méndez, 1998). Las
medidas de la biomasa microbiana indican que entre el 1 y el 5% del
carbono orgánico total del suelo se almacena en los tejidos vivos (Alefy
Nannipieri, 1995). En el caso de los suelos estudiados, la relación C-BM
* 100/COT varió entre 1,40 y 4,12% (Figura 2), con un valor promedio para
los suelos cultivados de 2,95%, y para los suelos bajo vegetación natural
de 2,04%. Estos valores corresponden a los indicados para suelos agrícolas, y concuerdan con los valores obtenidos por INSAM (1990) en suelos de Norteamérica de distintas regiones climáticas, con un promedio de 2,3% para suelos con monocultivo permanente y 2,9% para suelos bajo rotación de cultivos. Los valores también son similares a los encontrados por Chander et al. (1998) en suelos de la India, comprendidos entre 3,68 y 4,00%, Y por Anderson y Joergensen (1997) para suelos forestales de Alemania, entre 0,8 y 3,3%. En la
Figura 2 se observa que los suelos con vegetación natural PAV y SC
presentaron valores relativamente bajos del cociente C-BM * 100/ COT y no
presentaron diferencias significativas (P<0,05) con los valores
obtenidos en los suelos bajo banano (CR, SD, PN), pero sí se evidenciaron
las diferencias con respecto a los suelos sembrados con caña de azúcar
(GS, GP, GL, AG, JO) los cuales presentaron los valores más altos. Los
resultados de distintas investigaciones coinciden con esta tendencia de
presentar mayores valores de este índice en suelos cultivados que en
suelos bajo vegetación natural. Así lo revelan algunos estudios
realizados en suelos de Italia (Saviozzi et al., 1999), de
Dinamarca (Powlson et al.,
1987) y de la región de Murcia, España (Pascual, 1996). Los
suelos que presentan valores relativamente bajos de la relación C-BM*
100/COT, deben contener una considerable proporción de carbono orgánico
total muy humificado y por tanto difícilmente utilizable por los
microorganismo s (Pascual, 1996).
Los
suelos lacustrinos y aluviales que se encuentran bajo caña de azúcar
(GS, GP, GL, AG Y JO) son sometidos a quema antes de la cosecha. Está
demostrado que esta práctica ocasiona una pérdida del carbono orgánico
total del suelo (Dominy et al., 2002) porque conduce a una reducción
drástica de los aportes de materia orgánica por parte del cultivo, y si
a esto se suma la remoción total de la parte aérea de la planta, que se
traslada fuera del campo, se infiere que el principal aporte de materia
orgánica en este caso proviene prácticamente de las raíces. Además
tienen lugar otros cambios que comúnmente se producen en los suelos que
son deforestados y luego cultivados, como son las modificaciones en la
temperatura, el régimen de humedad del suelo y los procesos biológicos
que afectan la descomposición de la materia orgánica (Anderson y
Flanagan, 1989). También
se conoce que con el cultivo puede reducirse la estabilidad de los
agregados del suelo, y al degradarse los agregados se acelera la oxidación
del carbono orgánico al exponerse nuevas superficies al ataque microbiano
y al cambiar las condiciones redox con la profundidad en el perfil
(Roberts y Chang, 1990; Golchin et al., 1995). Diversas
investigaciones han comprobado que existe una relación directa entre la
reducción del contenido de carbono orgánico y la disminución del C-BM
(Haynes, 2000), que indica que mientras mayor es la pérdida de carbono
orgánico de un suelo, más pequeña resulta su biomasa microbiana. La
explicación que se ha dado a este hecho se basa en que el C-BM es una de
las fracciones lábiles y fácilmente degradables de la materia orgánica,
y con mayor susceptibilidad de ser perdida (Hart et al., 1988). En investigaciones realizadas en suelos de Suráfrica, sembrados con caña de azúcar por períodos desde uno hasta 80 años, en los que se utiliza la quema previa a la cosecha, se encontró que el carbono orgánico total y el C-BM decrecían en forma exponencial a medida que aumentaban los años bajo el monocultivo de caña de azúcar, siendo considerablemente más marcada la disminución del C-BM que la del carbono orgánico total, y menor el efecto en los suelos con mayor contenido de arcilla (Dominy et al., 2002). Además, se evidenció la existencia de una correlación lineal entre el contenido de carbono orgánico total y el C-BM (r = 0,748; P<0,01). En el
presente estudio también se observó menor contenido de carbono orgánico
total en los suelos cultivados con caña de azúcar (ver Cuadro) en
comparación con los suelos no alterados de la zona (PAV y SC). Se aprecia
que los contenidos de carbono orgánico total de los suelos testigo PAV y
SC duplican o triplican los valores encontrados en los suelos bajo caña
de azúcar (y en el resto de los suelos cultivados). Igualmente, se
encontró una correlación positiva y altamente significativa entre el
C-BM y el contenido de carbono orgánico total (r = 0,787; P<0,0001,
Figura 3). Para
suelos agrícolas bajo otros cultivos y distintos sistemas de manejo también
se han encontrado correlaciones significativas entre el C-BM y el carbono
orgánico total (Leita et al., 1999). Theng
et al. (1989)
obtuvieron relaciones lineales entre esos dos parámetros para diversos
suelos de regiones templadas y tropicales. El C-BM
de los suelos estudiados resultó altamente correlacionado con la
respiración basal (r = 0,904, P<0,0001) (Ruiz, 2002), lo que concuerda
con los resultados encontrados por Pascual (1996) en suelos de la región
de Murcia (España). Además, se encontraron correlaciones positivas y
significativas entre el C-BM y la amonificación de arginina, y las
actividades de las enzimas: fosfomonoesterasa alcalina, fosfomonoesterasa
ácida, ureasa, deshidrogenasa, proteasa, y B-glucosidasa (Ruiz, 2002).
CONCLUSIONES - Tanto
en los suelos de origen aluvial, como en los de origen lacustrino, los
valores más altos del C-BM corresponden a los suelos bajo vegetación
natural y en general se observan diferencias significativas entre éstos y
los suelos cultivados, lo cual refleja la influencia del cultivo y las
características del agua de riego sobre la magnitud de la biomasa
microbiana del suelo. - El
C-BM en los suelos estudiados muestra una correlación positiva y
significativa con su contenido de materia orgánica. SUMMARY In
the present study, soil microbial biomass carbon (MBC) was determined in
eight soils located in the Valencia Lake basin, cultivated with sugarcane
or banana and irrigated with waters of different composition or origin
(waste-, ground- and lake-water), and in two soils under natural
vegetation (control soils). MBC was estimated by substrate induced
respiration method. MBC varied between 206 and 1 553 µg microbial C g-1
soil. Highest values occurred in control soils and in the lacustrine soil
cultivated with sugar cane and irrigated with waste waters. The values of
MBC were higher in the alluvial soils cultivated with sugarcane than in
the alluvial soils cultivated with banana (P<0.05). The MBC to soil
organic carbon ratio ranged from 1.4 to 4.1 % and agreed with the data
found in the literature for agricultural soils. MBC was correlated
strongly with total organic carbon (r = 787; P<0,0001). Results show
the influence of cultivation and crop management practices on MBC. Key
Words: Substrate induced respiration; lacustrine soils; alluvial
soils; irrigation
waters; sugar cane; banana. BIBLIOGRAFÍA ALEF,
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